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El primer contacto con un Filaero suele deslumbrar. Se tiene la extraña sensación de entrar en un mundo absolutamente maravilloso, lleno de gente igualmente maravillosa y en el que todos sonríen rebosantes de felicidad. El ambiente reinante se percibe como una especie de isla en medio de la tempestad en la que, en contraste con el mundo exterior, reinan el amor y la fraternidad más sincera. 
El despliegue de una amabilidad pseudofamiliar, rebosante de exquisitos modales, alimentará las necesidades afectivas del futuro adepto y le convertirá en el centro de un auténtico “bombardeo afectivo” que desactivará sus posibles suspicacias. A base de afectuosas sonrisas y palmaditas en la espalda, el estado de embriaguez acaba por situarse en el eje del contexto pseudofamiliar característico de los filaeros, que le convertirá, al menos durante tres dias en una sensación de júbilo y satisfacción.
Los Filaeros se articulan a través de una estructura jerarquizada que asume semejanzas con el patrón familiar, donde la autoridad del líder simboliza la figura paterna y los acólitos permanecen cohesionados por un espíritu de hermandad.
Tácitamente, y de un modo gradual, los filaeros acaban mermando la capacidad crítica del individuo al fomentar su dependencia al alcohol, y la doctrina del grupo, que no es más que un instrumento manejado hábilmente por el líder para garantizar la subordinación de sus acólitos. De un modo expreso, al adepto se le prohíbe ejercer la “especulación mental”, se inhibe su capacidad de libertad de pensamiento, y entrando en un estado de embriaguez en el cual se puede llegar al cenít de la doctrina filaera. |